
Cálculo nos invadía e intimidaba. Los límites nos tenían intranquilos y aquellas funciones, más que hartos.
Después de tanta agonía, de estudio y noches sin dormir, llegó el examen un martes soleado. Mi compañero de cuarto y yo salimos hacia los docentes por el camino que bordea la piscina para hacer la prueba. Allí unos niños jugaban en el césped. Probablemente estaban allí por ser hijos del agún empleado. Sin camisa y empapados se reían muchísimo.
- Míralos qué felices - me dijo Adrián-.
Yo permanecí callado caminando a prisa. Él miró otra vez a los niños y como lamentándose, continuó:
- A esa edad, todos los números son naturales.